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Los personajes son el alma de cualquier narración, de cualquier narrativa. Sin ellos no podríamos llegar ni a la esquina. Todo lo que queremos expresar lo hacemos a través de ellos. Los buenos escritores consiguen hacernos revivir la realidad, el mundo, la experiencia humana, mediante personajes que viven, comen, respiran, sienten… igual que si fuéramos nosotros mismos. ¿Cuáles son sus secretos?


secretos de los personajes

 

Secretos de los personajes

Para expresarlo de otro modo, ¿qué hacen los autores para conseguir personajes vivos y creíbles? Hay que tener en cuenta que lo primero en lo que se fija un lector cuando se enfrenta a un relato de ficción es en los entes que figuran ser personas de carne y hueso. Muy difícilmente un lector se interesará seriamente por una historia de fósiles o de ruinas, por muy históricas que sean. En narrativa buscamos nuestro propio reflejo humano y lo hacemos a través de los personajes. Si los personajes logran emocionarnos es porque vemos en ellos nuestras emociones, nuestros sentimientos…



Deseos

¿Qué es lo primero que debería tener un personaje para llamar nuestra atención? Es obvio, pero tal vez sea cuestión de recordarlo: deseos. Sin alguien que desee algo no hay historia. Imaginemos un personaje que no desee nada, que no necesite nada, salvo su postura de loto y su meditación concentrada. Puede ser un estado de felicidad completa, pero no sirve para un relato de ficción. La felicidad no se lleva bien con la narrativa. Con eso no quiero decir que la desgracia sea consustancial con las historias de ficción. Pero al menos un deseo más o menos manifiesto.

El crecimiento y la evolución del personaje tendrá que ver con el desarrollo de sus deseos y con la oposición a los mismos por parte de otros personajes. Si los personajes no quieren nada, por mucho que podamos describir maravillosamente las estancias de una mansión o los paisajes alrededor de la misma no conseguiremos gran cosa. Es necesario el latir de los deseos en los personajes para que la historia tome cuerpo.

 

Grandes deseos y, además, conflictivos

Por otro lado, es necesario que los deseos sean amplios y conflictivos. Nada es más aburrido que nuestros personajes piensen y sientan todos igual, y ese siempre es un peligro que acecha a los escritores noveles o sin experiencia. Es tanta la complejidad humana que no podemos conformarnos con prototipos de personajes, con personajes estereotipados que podemos encontrar en miles de relatos e historias con poca sustancia. Si algo distingue a los grandes escritores es la “carne que ponen en el asador”, así como su forma de expresarlo. Las dos cosas, si falla cualquiera de los dos elementos, el lector no sabrá a qué agarrarse para entusiasmarse por esa historia en concreto.

 

Coherencia

Al mismo tiempo, los personajes tienen que ser coherentes. No puede ser que un tipo generoso en exceso, de pronto sea, a la mitad de la novela, un avaro consumado. Si se produce algún cambio significativo en el comportamiento de un personaje, tendremos que explicarlo, no podemos dejar un vacío en la historia, el lector puede verse desconcertado, sin saber dónde está o qué ha pasado. Otro gran peligro en las narraciones que deseemos construir. Para lograr eso, tendremos que ser muy cuidadosos y planificar la historia muy detalladamente, para que no se pasen pequeñas circunstancias que pueden dar al traste con todo el trabajo.

Y que sean coherentes no significa que no puedan cambiar o que no puedan tener deseos contradictorios, pero todo eso debe ser bien expuesto frente al juez supremo, el lector.


Verosimilitud

Otro asunto a tener en cuenta es lograr la verosimilitud en su comportamiento. Si el lector al fin tiene la sensación de estar frente a un elemento de ficción que no se sustenta en la realidad (aunque sea en la realidad de la ficción) no logrará autoconvencerse de la sinceridad y consistencia de la trama. Para lograr eso los personajes han de tener comportamientos coherentes, creíbles, progresivos, que den cuenta de sus cambios y evolución.

También la expresión de los personajes tiene que ser acorde con la historia que estamos contando. Y, por supuesto, las expresiones de nuestros personajes, la forma de contar y decir las cosas, son propias, inherentes a su caracterización, no improvisadas sin más. Cada personaje tiene que tener una forma propia de contestar, de preguntar, de iniciar una conversación, de encarar desde su expresión particular todos los acontecimientos que van apareciendo en nuestra historia.

 

¿De dónde vienen?

Pero… ¿de dónde vienen nuestros personajes? Para crearlos será necesario disponer de algo, no solo de nuestra imaginación. Nada mejor que la realidad, pero es preciso sumergirse en ella para vivirla. Si queremos ser algo verosímiles, será difícil si no hemos buceado previamente. Ya se trate de una historia romántica de amor o de una acción que se desarrolle en los bajos fondos, algo de realidad de ambos mundos tendremos que haber asimilado si queremos que nuestra historia no se nos venga abajo a las primeras de cambio.

Sin embargo, no todo tiene por qué ser real. Hay que explorar todas las posibilidades. Puede que conozcamos muy bien (por distintos motivos) el mundo del hampa (no necesariamente por haber vivido ese mundo). Pero siempre podremos preguntarnos (esta vez sí, a través de la imaginación)… ¿y qué pasaría si este personaje…? Es decir, qué pasaría si el personaje se comporta de un modo no esperado. Nos salimos del estereotipo y creamos un personaje singular, único.

Otro grave asunto a considerar es la capacidad de cambio de nuestros personajes, que ya lo hemos sugerido. Personajes monolíticos, sin capacidad para cambiar, harán que los lectores pierdan todo interés en nuestra historia. Los cambios no tienen por qué ser rotundos o imprevistos. Pueden apuntarse poco a poco, durante el proceso de construcción de la historia, pueden sugerirse poco a poco, pero el lector debe poder captar ese proceso de cambio que el autor desea mostrar.

En fin, podríamos proseguir este artículo de forma indefinida, descubriendo más secretos de los personajes de ficción, pero creo que esta muestra es suficiente. Aparte de lo dicho anteriormente, hay algo que siempre funciona: convive con tus personajes. Conócelos, familiarízate con ellos, profundiza en sus deseos y motivaciones, amplía sus fichas, complétalas, procura ver “lo oculto” en tu personaje, descubre sus secretos…

 

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