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Es una verdad universalmente reconocida que todos los adultos saben —mejor o peor— coser un botón. Sin ningún talento especial, una persona puede aprender a coser mejor ese botón si da con el profesor adecuado ¿Es posible afirmar lo mismo sobre el oficio de escribir? ¿Talento o aprendizaje? ¿Ambos? ¿Se puede enseñar a escribir?

Sobre todas estas cuestiones danzan, con mucho ingenio y sentido del humor, Hugh Grant y Marisa Tomei en una película feelgood de manual: ¿Cómo se escribe amor? (The rewrite, Marc Lawrence, 2014). El personaje de Grant es un guionista de Hollywood —con Oscar— que lleva años arrastrando un bloqueo de escritor de proporciones catastróficas. Su situación es tan desesperada que, pese a que está convencido de que nadie puede enseñar a escribir, acepta trabajo como profesor en una remota universidad para impartir un curso de “Cómo escribir guiones”. Y si Grant es firme partidario del principio de que se nace o no se nace escritor, de que el talento no se aprende, llega a su clase Marisa Tomei para rebatir sus convicciones: el escritor se forja con trabajo, tesón y formación académica.

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¿Cómo se escribe amor? sustenta su argumento en los cinco pilares del feelgood:

-El protagonista parte de una situación de reinvención, de cambio, y evoluciona positivamente.
-Los personajes (incluso los secundarios) dan lo mejor de sí, hacen que el espectador recupere la fe en el género humano, sí se puede esperar lo mejor de ellos. Grant acusa a Tomei de ser “una expendedora de optimismo”.
-La atmósfera, esa lluvia constante que envuelve la historia de delicado romanticismo.
-Sentido del humor, diálogos ingeniosos, romance como tema secundario.
-Final feliz.

Es decir, aborda las cuestiones sobre la escritura siempre desde un punto de vista optimista y con mucho sentido del humor. Sin embargo, el espectador, sobre todo si es escritor, se para a preguntarse cuánta razón —o qué poca— tiene el personaje de Grant.

El oficio de escritor, como cualquier otra profesión, requiere de formación y experiencia. No importa el mucho talento/instinto/ingenio que una persona tenga para la cirugía o para la cocina, primero deben pasar por la universidad, por la escuela, por la orientación y la asesoría de profesores y grandes profesionales de su campo. La formación previa, la lectura, el estudio y después la práctica, son necesarios para cualquier oficio, profesión o vocación. ¿Por qué habría der ser distinto para los escritores? Dejemos que sea el talento el que determine la rapidez, la validez o el provecho de esa formación; que diferencie entre los distintos profesionales; pero todo debería empezar en las aulas. Incluso Michelangelo Buonarroti pasó por el taller de los hermanos Ghirlandaio.

Hoy en día, cuando las teorías psicopedagógicas más modernas vuelven a sacar a la palestra la importancia de la cultura del esfuerzo, es fácil encontrar expertos profesores que afirman que todos los alumnos son válidos, aunque el fruto de su esfuerzo nunca sea comparable entre ellos. La diferencia quizás la ponga el talento, pero también la actitud y la constancia. Puede que solo el sublime arte de Michelangelo hubiese podido esculpir el David tan extraordinariamente, pero ¿cuántas horas de aprendizaje, pruebas y arduo trabajo llevaba en las manos Buonarroti cuando se puso delante del bloque de mármol que habría de convertirse en una de las obras más hermosas de todos los tiempos?

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Mónica Gutiérrez

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